Siempre creí que la llegada de un bebé fortalecería el vínculo entre mi esposo y yo, que nos uniría de una manera más profunda, haciéndonos sentir más conectados que nunca. Pero jamás imaginé que la verdadera amenaza para nuestro matrimonio vendría de otra persona, su madre.
Desde el inicio, Jessica tenía la habilidad de controlar todo a su alrededor, y mi esposo nunca le puso un alto. Intenté establecer límites, hacerle entender que nuestra familia debía ser nuestra prioridad, pero nada me preparó para la traición que me dejó sola en la puerta de nuestra casa, con mi hija recién nacida en brazos.
Desde el momento en que supe que estaba embarazada, sentí que la felicidad me envolvía. Durante años, Bill y yo habíamos soñado con el día en que sostendríamos a nuestro bebé, con la emoción de formar nuestra propia familia. Pero pronto descubrí que no era la única esperando ansiosamente la llegada de este niño. Jessica también lo esperaba, pero no de la manera en que lo haría una abuela amorosa.
Nunca le caí bien, y ni siquiera se molestó en disimularlo. Desde el primer día dejó claro que no era lo suficientemente buena para su hijo. Siempre encontraba una manera de hacerme sentir que no encajaba en su familia. Y cuando quedó claro que esperaba un bebé, su actitud cambió, pero no en el sentido que yo había imaginado. De repente, actuaba como si el bebé fuera suyo.
Se entrometió en cada aspecto de mi embarazo. Insistía en acompañarme a todas mis citas médicas, opinaba sobre mi alimentación, sobre lo que debía hacer y lo que no. Decidió cómo debía ser la habitación del bebé, descartó mis elecciones sin siquiera consultarme y, aun sin saber el sexo, aseguró que sería un niño.
Durante aquellos meses, luché con náuseas constantes, apenas podía comer, pero eso no le importó. Venía todos los días, llenando la casa con olores de comida pesada que me revolvía el estómago, mientras Bill disfrutaba sin preocuparse por lo que yo sentía.
Intenté hablar con él, explicarle lo difícil que era para mí su falta de apoyo, pero siempre minimizaba la situación. Me decía que simplemente la ignorara, que no le prestara atención. Pero no era él quien estaba siendo invadido, no era él quien tenía que soportar las críticas constantes y las miradas de desaprobación.
El día que fuimos a la ecografía para conocer el sexo del bebé, Jessica ya estaba ahí, esperándonos en la sala. Me quedé paralizada. Cuando el médico anunció que íbamos a tener una niña, sentí que el mundo se llenaba de luz. Sostuve la mano de Bill, esperando ver la misma felicidad en su rostro.
Antes de que pudiera decir algo, Jessica frunció el ceño con desprecio. Dijo que su hijo necesitaba un heredero, que no había sido capaz de darle un niño. Mi paciencia llegó a su límite. Le recordé que el sexo del bebé dependía del padre, no de la madre, pero ella simplemente me miró con odio.
En el auto, la frustración me consumía. Le pregunté a Bill cómo se había enterado de la cita. Bajó la mirada antes de confesar que había sido él quien se lo dijo. Algo dentro de mí se rompió en ese momento. Le había pedido que no lo hiciera, que mantuviera nuestra privacidad, pero me ignoró. Su excusa fue que ella era la abuela.
Los meses pasaron y llegó el momento del parto. El dolor era insoportable, las contracciones cada vez más intensas. Sentía que mi cuerpo se quebraba con cada segundo que pasaba. Todo sucedió demasiado rápido. Cuando mi hija nació, me la arrebataron de inmediato. Quise sostenerla, verla, pero no me dejaron.
Mi cuerpo estaba demasiado débil, había perdido demasiada sangre. La sensación de vacío me invadió cuando desperté. Escuchar al médico decir que había sido un milagro que sobreviviera me dejó sin aliento.
Y entonces, la puerta se abrió de golpe. Jessica entró con una mirada de furia, reclamando que nadie la había avisado sobre el parto. En ese momento, una enfermera entró con mi bebé en brazos. Pero antes de que pudiera sostenerla, Jessica se adelantó y la tomó.
Mi instinto se encendió. Quise levantarme, pero el dolor me lo impedía. Cuando la enfermera insistió en que debía alimentarla, Jessica sugirió que le dieran fórmula. Finalmente, logré recuperar la fuerza suficiente para exigir tener a mi hija en brazos. Sentir su pequeño cuerpo contra el mío me hizo romper en llanto.
Pasaron los días, pero Jessica no se detuvo. Una tarde llegó con un sobre en la mano. Lo entregó a Bill con una expresión de triunfo. Aseguró que tenía pruebas de que yo no había sido fiel. Mi corazón se aceleró.
Bill abrió el sobre, y su rostro cambió. Sin dudarlo, sin preguntarme, sin darme la oportunidad de defenderme, simplemente dijo que tenía una hora para irme con la bebé.
Jessica sonrió con satisfacción mientras yo temblaba de incredulidad. Intenté hablar, pero él no quiso escuchar. Recogí la ropa de mi hija y salí de la casa con el alma hecha pedazos.
Los días siguientes fueron un torbellino de emociones. Mi madre nos recibió con los brazos abiertos, sin cuestionarme, dándome el apoyo que Bill nunca me dio. Y cuando recuperé la claridad, supe lo que debía hacer.
Fui a la casa de Bill y le entregué un sobre. La verdadera prueba de ADN. Lo observé mientras lo abría, con el rostro pálido al leer los resultados.
Eliza era su hija. Siempre lo había sido.
Intentó pedirme que volviera, pero ya era demasiado tarde. No quedaba nada de lo que una vez sentí por él. Le dije que pediría el divorcio y la custodia total. No volvería a permitir que ni él ni su madre nos hicieran más daño.
Cuando me alejé con mi hija segura en el asiento trasero, lo supe con certeza. Este era el final de un capítulo y el inicio de una nueva vida para nosotras. Íbamos a estar bien.